Sólo una abominación genética como Enrique Iglesias puede secuestrar una canción de Bruce Springsteen y torturarla con indescriptible crueldad durante centenares de segundos hasta el término de la ejecución. Incluso los detractores del Boss -aquellos que le consideran un producto de la industria americana en su vertiente “he aquí un tipo auténtico”- reconocen cierta complejidad en el gancho de sus canciones. Pero, en fin, como presencié al hijo de Julito e Isabel en su perpetración, sufro un escalofrío previo cuando me proponen oír una versión de una canción del de New Jersey. Ya no te digo la versión de un disco íntegro.
Pero Ryan Adams, de manera notable, lo ha conseguido con el icónico Nebraska. Por lo menos en mi caso, resucita el vínculo que tuve con un vinilo supremo de mis años mozos. Y de los suyos, si tenemos en cuenta que el de Jacksonville nació en 1974, diez años después que servidor.
Cierto es que sólo me atreví a la escucha de esta versión porque Julio Valdeón la bendijo en una reseña, siendo quien es uno de los que más y mejor escribe sobre Bruce Springsteen en castellano. En lo que a Ryan Adams respecta, ni le seguía ni me molestaba al cruzarme con él en una playlist. Leí de pasada que, atrapado por las redes sociales de la inquisición woke, había pedido perdón en público por malas conductas privadas, y ni terminé la noticia. Eso de pedir perdón al supuesto respetable no ha funcionado nunca. Pero hay que ser muy zote para implorar a una sociedad regida por una férrea unión sistema-antisistema contra el individuo, ese bicho que te puede salir por cualquier lado. En ese contexto, un escenario se convierte en calvario a la mínima.
No me estoy yendo del tema. Tan sólo sostengo como razonable que el chasco existencial que sufrió Adams le puso a punto para la osadía de regrabar un disco completo de su admirado Springsteen. Este último ya declaró en una ocasión que en los momentos de bajón gustaba contar historias de gente cuya alma está en peligro. La ventaja de Adams, si queremos decirlo así, es que él mismo es una de esas ánimas. En Nebraska no es el creador omnisciente, sino un personaje más que habla desde el fondo de esa creación.
Yo tenía 18 años cuando salió a la venta Nebraska, el sexto disco de Bruce Springsteen. Con esa edad necesitaba de héroes y allí tenía uno que antes firmó un doble disco llamado The River, con el que obtuvo el título de Rey del Rock, distinción que entonces todavía tenía algún sentido. ¿Y qué recibí a costa de mermar mis pocos ahorros? Una portada con una carretera árida, un título geográfico de la América más profunda, la imagen en blanco y negro de Bruce medio escondido en una lúgubre casa de campo y diez temas cortos y áridos sin el apoyo de la E. Street Band.
Las letras no eran precisamente lo que hoy se conoce como discurso motivacional. Comenzaba aquello con la queja de un enamorado asesino en serie al que le prohíben sentarse en la silla eléctrica con su chica -“hay mucha crueldad en este mundo”, es su reflexión postrera- y finalizaba con un conductor solitario que, después de atropellar a un perro, lo contempla como si el animal pudiera resucitar porque él, porque todo el mundo, al final del día, “necesita algo en que creer”.
A posteriori, la critica afirmó que Nebraska era uno de los discos más arriesgados de una estrella consolidada. Pero maldita gracia me hizo cuando crecía a dos velas rodeado de historias oscuras. Como las sombras habitaban dentro de mí, resultó muy doloroso asimilar como un ejemplo de vitalidad derrumbado por la depresión. Eso en términos clínicos. En términos artísticos el asunto es más sencillo de exponer y más difícil de vivir: uno busca y, si buscas de verdad y no es una pose, antes o después caes en la región de la nada con sus carreteras sin señales, sus granjas donde humanos y animales pastan indigencia y con sus surtidores de tristeza. Para salir de allí hay que contar las historias que en la nada ocurren o allí te quedas. En resumen, tardé semanas en volver a poner la aguja sobre el surco. Y luego no pasaba día sin escucharlo dos o tres veces.
Si eso ocurrió con un simple oyente, repasemos el resultado de un destacado autor e intérprete. En el exterior de la versión de Adams se respeta la estética del disco de la portada, no así la fotografía. La carretera hacia ninguna parte del original es sustituida por otra tomada desde el fondo de un oscuro valle coronado por una colina. Las luces de los automóviles ascienden como en santa compaña buscando una lejana cruz de neón. Lo dicho, no nos van a dar cuenta de un recorrido, sino de aquel lugar donde se te ha tragado la tierra.
En cuanto al contenido, el gran acierto de Adams viene de no pretender superar, romper o emular. Un intento de replicar el sonido crudo del original, realizado en una grabadora casera -lujo entonces, hoy pieza de museo- sería impostura. Adams sabe que su registro resultará, por fuerza, mejor, pero que tiene perdida la batalla ante esa primitiva autenticidad.
En efecto, la sonoridad es soberbia, pero no para intentar mejorar nada, ni siquiera para prestar servicio a su cautivadora voz. De hecho, la convierte en el eco de un grito, una psicofonía que discurre entre agresivas corrientes eléctricas y acústicas machacadas para buscar -y encontrar- un lamento esencial.
Los protagonistas del primer Nebraska ya no son personas al límite, sino fantasmas en busca de un médium: los niños pobres no han crecido y siguen mirando la mansión en la colina, el hombre que se prometió no conducir más un coche de segunda mano sigue al volante de uno 40 años después; ese adulto fracasado que busca cerrar las heridas con su padre que tanto se da en Norteamérica (¿Pero qué les pasa? Por aquí acudimos a mamá, que siempre nos quiere y siempre tiene razón) llama cada noche a la puerta de lo que fuera un hogar en la que su padre ya no vive. Además, el fin de semana en Atlanta City no es una escapada, sino una peregrinación donde se sabe de cierto que todas las cosas mueren y tal vez, sólo tal vez, vuelvan. Hay sumas al original: la potencia eléctrica de Adams convierte el tema State Trooper en un homenaje a todas la bandas que con más impulso que cálculo fueron a parar a la cuneta. Y restas: el asesino en serie ya no pide que le frían con su chica. Las ex de Adams aún lo vigilan de cerca.
Highway Patrolman, es la canción en la que peor parado sale Adams respecto a Springsteen. El dilema en la voz un patrullero que afirma que aquel que olvida a su familia “no es un hombre bueno” mientras deja escapar a su hermano -culpable de causar graves heridas en una pelea-, necesitaba del carisma del autor original, hábil en transmitir a la par fortaleza y vulnerabilidad y en confiar esa contradicción a los sentimientos parejos del oyente. Adams… Chaval, careces de ese toque de empatía que te hubiera librado de muchos problemas.
En cambio, Open All Night es el punto cumbre de esta revisión. Los ecos se disipan, voz y armónica naturales tomas las riendas y la acústica da cuenta del muy fino guitarrista que es Adams. Resulta la mejor versión realizada sobre esta canción que oído, incluida la que el propio Springsteen vistió de tono épico festivo con su grupo alternativo de folk. Aquí ya no queda nada de la balada del obrerete que viaja en trayecto nocturno en busca de su chica, con un coche arreglado con sus propias manos con piezas sacadas de la chatarra y que, obviamente, es él mismo. Adams sólo obedece a la desperarada plegaria del último verso: el rock me salva de la nada.
Escribo estas líneas y me sorprende la alerta de Spotify. Adams se ha atrevido con la versión de otro disco entero. Esta vez, ni más ni menos que Blood on The Tracks de Bob Dylan. Un vinilo ‘sagrado’ y puesto a la venta cuando Adams todavía gateaba. Ole sus bemoles. O su miedo. Aún permanece en purgatorio para no caer en el infierno. Creo que le voy a seguir a partir de ahora. A ver qué encuentra.

