Apuntes sobre lo que llevo en la maleta

Miguel Ángel Vergaz

Enviad por The National

El otro día, en ese refugio de soledad y aire acondicionado en pleno centro de Madrid que es la sección de música clásica del FNAC, no me quedó otra que escuchar una pesimista conversación entre un dependiente y un cliente que -deduje- le daba a la guitarra. No sé cómo, pero ambos habían llegado hacía rato a la certeza de verse en el paro gracias a la denominada Inteligencia Artificial. Poco sé del susodicho invento. Ah, pero conozco bastante bien mi IA (Impulso Arrogante) y reprimí el comentario a huevo: TODO en el negocio de la música es artificial y, desde hace tiempo, no vendría mal una dosis de inteligencia.

Además, mientras cotilleaba aquel día, en mi campo de visión podía ver en las estantería de los más vendidos a dos ejemplos claros y opuestos en donde la IA tiene poco o nada que hacer. Primero: el último disco de una de esas jóvenes cantantes con un discurso empoderado contra el machismo y el patriarcado, que muestra sus encantos en redes sociales y portadas. Gracias a esas extensiones de piel al desnudo podemos comprobar que no tiene sarpullidos tras ‘featurinzarse’ con poligoneros de mansión que glosan a las mujeres como putas provocando una reacción pavloviana en el trasero de muchas féminas. Manda tú a una máquina mínimamente pensante que replique esa secuencia ‘anoilógica’ y, a poco pundonor que tenga sobre su capacidad, se colgará ante el futuro que le espera.

El ejemplo opuesto de aquello difícil de imitar cuando un ser humano coge una guitarra es el último disco de The National, First two pages of Frankenstein, cuyo vinilo (sí, ese medio de reproducción que los profetas de la tecnología y el mercado dieron por muerto), al parecer, se vende cosa fina.

Las ventas en este caso importan. Se trata de un álbum creado desde una depresión no superada, con honestas letras de quien la sufre en primera persona y de un grupo que es capaz de asumirlo sin dramatismo ni banalidad. Que con ello ha derribado un tabú en un negocio basado en el culto al ego lo da la medida de las críticas en los medios mainstream que no han podido soslayar el disco. Se han utilizado palabras como tedio, tristeza, surrealismo (cómo no, qué bien va para todo), reflexión e, incluso, algún enfadado lo califica de deprimente, confundiendo el efecto que en él produce con la causa. Pero la palabra depresión en su sentido exacto aparece muy rara vez y en tono de disculpa. Eso por ceñirnos a los medios en España, país récord en la venta de Lyrica, y por lo que se ve, cada vez más intolerante a la lírica.

El paciente cero es el cantante y letrista Matt Berninger, un zangolotino de 52 años modelo perfecto de gafapasta y poseedor de un atrayente registro de barítono, ahora más gordo, susurrante  y retraído por la enfermedad. Cierto es que sus creaciones anteriores tampoco servían para despedidas de soltero. Son una mezcla de versos crípticos y otros en apariencia caprichosos, engarzados con habilidad de fino literato ante la necesidad de rimar y donde menudean los más afortunados hallazgos: “Estamos medio despiertos/ en un falso imperio” (Fake Empire, uno de sus temas más conocidos). Muestra de ello es que los aficionados al grupo saben esas letras de memoria y en los conciertos no las corean, las sacan de sí como una liberación sin histerismos. En esta nueva gira ese público lo va a tener más difícil. Los textos resultan más narrativos (más claros también) y la música elude la complicidad de esas verbenas de autor que son los festivales de verano.

De entrada al disco que nos ocupa, a Berninger le debemos el magnífico prólogo de un hombre al lado de la piscina ahogado sin entrar en el agua “..viendo aterrizar aviones/ y hundirse el asfalto/ ¿Qué fue eso importante que me dijiste?/ No puedo seguir hablando, no puedo dejar de temblar/ No puedo hacer recuento de todo lo que me estoy tomando/ Todo es diferente ¿Por qué siento lo mismo?(…) ¿Es así como todo va a acabar?” (Once Upon a Poolside). Para seguir con la sensación de que los bienes materiales e inmateriales del hogar han perdido su calor y utilidad: “No hay nadie en casa/Ya estoy allí” (Eucalyptus). O la descripción del desolado campo de batalla cerebral donde los recuerdos oscuros torturan y matan a los luminosos: «Atesoro lo que puedo de ti/ Vislumbres en fracciones de segundo, instantáneas, sensaciones” (New Order T-Shirt).

También advierte a propios y extraños. Para los bienintencionados poseídos por el infame Paulo Coelho y otros demonios de la ignorancia, hay un severo cartel de no pasar llamado This Isn´t Helping, sobre todo en los momentos en que la cordura se ha ido. A esos otros pobres allegados que le sufren cada mañana intenta hacerles comprender que, a esas horas, de la boca no sale nada más inteligente que el parloteo de un telediario mientras “Todavía no tenía mi cara puesta, ni el papel a interpretar, ni el sentimiento” (Tropic Morning News).

Repasa, cierto, dolencias de manual, pero con voz y música tan magnéticas que obligan de nuevo a escuchar el cómo se aterriza en el sillón como en otro planeta (Alien) o la indefectible traición de las palabras cada vez que intentan comunicar con la persona a la que se pretende enamorar: “Te dije justo lo que no debería”(The Alcott) o “He elaborado un discurso sincero/ Sólo que no sé cómo voy a decirlo” (Grease in your hair). 

En este punto, y como he hablado del mainstream en términos peyorativos al principio, debo hacer justicia a la estrella Taylor Swift por su colaboración en el tema The Alcott, auténtico veneno para sus fans habituales (al cómputo de Spotify me remito, no llega al 0,001% de su canción más reproducida). Lo ha resuelto con singular talento, con ejemplar muestra de madurez y de lealtad con uno de sus grupos favoritos.

Sigamos. Como en toda confesión de lo que una parte de la sociedad -e incluso uno mismo- toma por debilidad, existe el cabreo de turno: “No necesito que seas testigo/ no necesito tu perdón/ No necesito nada, pero lo hago/ ¿Qué hago mirando relojes? (Ice machines). Luego viene la sencilla y dolorosa aceptación (Your mind is not your friend). Por último, Matt entona un conmovedor himno para aquellos perdidos en un aeropuerto, para los que lloran íntimamente en las tiendas de regalos o, aún peor:  “Si alguna vez estás en un invernadero psiquiátrico con unos zapatos sin cordones/(…) Envía por mi, cuando sea, donde sea” (Send for me). 

Por una vez, acabaremos en la portada. Cuando nada sabía del contenido del disco, la imagen de un niño sosteniendo la cabeza de un maniquí con un cartel en la frente: “Hello, mi name es Paul”…Una Gioconda hermafrodita que canta y gesticula en los vídeos promocionales…Bueno, aquello me pareció una referencia a los Victor Frankenstein del siglo XXI. Esos que andan jugueteando con los botones de máquinas a las que llaman conciencia e inteligencia. Ya saben, esos genios de la tecnología con la ética y/o religión pendientes desde preescolar que insisten, con sus lujosos mercadillos, en que sin sus productos no se puede vivir en este mundo, oiga. Pero al cierre, entre copas, cuentan que cayó un rayo y escapó una criatura que, en pocos días, cogerá un cabreo que no veas.

Y aún no me he deshecho del todo de esa primera sospecha. Sobre todo, cuando, en el interior, The National posa para un daguerrotipo en una vieja habitación, con sus sillas de madera, su chimenea y una total ausencia de enchufes.

¿Y si la depresión, con las magnitudes sociales que alcanza ahora, fuera un muralla contra un monstruo peor? Por ejemplo, que se te presente la Inteligencia Artificial con una pareja creada para evitar su soledad: Felicidad Artificial.  

Joder, enviad por The National.

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