Las agencias de viajes ofertan Nueva York con todo tipo de reclamos, excepto el de destino espiritual. Sin embargo, en mi opinión, sería el único válido. Allí tu carne se convierte en simple piel de billetero y la vida se revela como algo que se puede perder a cada momento si alguien quiere tu poco dinero, si lo pierdes en cálculos desafortunados o si los ricos -en acertada expresión de mi hija- te dan una paliza a billetazos. Sus calles son una peregrinación hacia algo inmaterial que te sujete el esqueleto.
What if we moved back to New York? Esa era una de las muchas preguntas dentro del magnífico libreto del deprimido Matt Berninger, letrista y cantante de The National para su último disco First Two Pages On Frankenstein. La interrogación sobre volver a NY forma parte de la canción Ecualyptus en la que algunos encuentran la descripción de una dolorosa partición de bienes tras una ruptura sentimental. En mi anterior entrada defendía que, en realidad, como en todas las canciones, se habla del divorcio con la vida que es la depresión. Por lo tanto, la pregunta es extensible a la existencia misma de The National. Si hay futuro juntos o no en estos vaivenes anímicos Y no es cosa menor para ellos volver a la ciudad que le impulsó a la fama para ver lo que queda.
Pues bien, The National ha regresado a Nueva York de maneras tan opuestas que no aventuro a dar respuesta sobre su futuro. La primera vez -que me conste- el grupo actuó en marzo, en el Bearsville Theater, y la banda colgó el concierto en Youtube. Refleja a la perfección la primavera de su descontento. Rodado en blanco y negro, con un aforo de medio millar de personas entregadas de antemano, deviene en un recital tan hermoso como triste. En él se seguía el ritual de tocar primero casi todas las canciones nuevas y acoplar en la segunda éxitos pasados, todas a juego. Hay belleza, sí, pero ningún entusiasmo. Los fans se resisten a acompañar a la banda en el abismo, Berninger se escondía tras los gemelos Dessner y estos cumplían con el conocido gesto de alzar sus guitarras en el tema Fake Empire como si éstas pesaran cien kilos. Me preguntaba yo cómo ese concierto -salvado por la intimidad y un excelente montaje- podía trasladarse sin cagarla de un pequeño local o del salón de tu casa a un concierto multitudinario.
El último regreso a Nueva York podía ser una ocasión para tantear la respuesta, ya que se trataba de llenar el Madison Square Garden el viernes de la semana pasada (18 de agosto). Hacia mucho que no iba a un concierto y en verdad tenia aprensión por asistir a un mal bolo de un grupo tan bueno. Mi familia decidió apoyarme acompañándome pasara lo que pasara. Nos plegamos a la exigencias de la odiosa Ticketmaster. Bromeando por la calle sobre cancelaciones de última hora, o de que era más fácil que Taylor Swift (también en la ciudad por un compromiso social, lo que desató una ola de rumores sobre su presencia en el pase) sustituyera como vocalista a Matt que hacer un dúo con un su amigo zombi, fue cuando encontramos una copistería en una esquina del Village, en un sótano debajo de una vidente. Y una visión tuvimos. Un amable brasileño nos hizo una copia de Paul, la inquietante cabeza icono de la portada y el interior del disco para implicar a mi hijo pequeño como portada viviente de First two pages… a modo de amuleto. Pero las malas señales seguían. La noche del jueves nos cruzamos con el gigantesco batería -en todo los sentidos- Bryan Devendorf vestido de negro tono ‘el no vivo’, que apretó el paso en cuanto se vio reconocido. Horas antes, The National había lanzado dos nuevas canciones despreciadas como «introspectivas» (según los críticos que nos descubrían así la pólvora). Incluso la palabra enjoy, sonaba con un tono irónico en boca de quienes comprobaban tus entradas al día siguiente.
El resultado fue una épica liturgia de sanación. De entrada, no nos habíamos enterado que Patti Smith era la telonera. Por muy mal que fuera la cosa con The National, la noche estaba ganada. Fue un regalo la aparición de esa representante de la atormentada generación que nos parió y a la que ha sobrevivido, estoy convencido, por su alma buena. En verdad creía que en lo que nos quedaba de vida no llegaría a verla en directo. Dios quiera que a mi edad, dieciocho años menor, me conserve como ella a los 76 con su ilusión de principiante de 18 años. Si yo aluciné ante su energía, a mis hijos les costará hacer creer a los suyos lo que allí se vio y oyó.
Pero eso no disipaba las dudas de lo que iba a ocurrir. Al contrario. Tras el terremoto Patti, Matt Berninger salió escena con un traje negro que nunca llegó a desabrocharse y musitó la sobrecogedora Once Upon a Poolside. Allí se preguntaba si él acabaría su vida en la depresión y el público se lo negó con una salva de atronadores aplausos. Siguió Ecualyptus con el ya mencionado verso de qué pasaría si volvieran a New York y el grito de júbilo fue unánime. La desoladora Tropic Morning News se convirtió por arte de magia en un mantra bailable para que al menos tres generaciones nos sacudiéramos de la cabeza los electrodos de manipulación y confusión cotidiana. Con New Orden T-Shirt, esa agridulce evocación de los buenos tiempos, vino la descarnada confesión de Berninger sobre su sufrimiento mental y cuanto agradecía estar allí, cosa que demostró al saltar media docena de veces del escenario para correr entre el público. Uno de los Dressner -no me digan cual- anunció que iban a rescatar un buen puñado de antiguas canciones ya casi olvidadas, las primeras que resonaron hace años en la pequeña parte sana de la Gran Manzana. Ya nada los pudo parar. Nos desgañitamos con The system only dream in total darkness y con Fake Empire. Cuando, dos horas después, cerraron dando paso a la voz del público con Vanderley cry baby geeks canté abrazado a mi familia en pie en el Madison Square Garden, y de manera solemne, ‘All the very of us/ string ourselves up of love’. Pienso que en la iglesia de San Patricio, convertida en otra ‘megastore’ de la Quinta Avenida, hace tiempo que no se ha oído una oración tan multitudinaria y sentida.
Antes de abandonar el escenario, los integrantes de The National se abrazaron. Si es un abrazo de despedida o de reencuentro no lo sé. Lo cierto es que la peregrinación acabó en jubileo.

