Apuntes sobre lo que llevo en la maleta

Miguel Ángel Vergaz

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The Old Man: una serie sabia

La mayoría de las series de streaming en las que entro de vez en cuando advierten que pueden causar miedo y/o angustia. Y lo logran, aunque por razones muy distintas a sus intenciones. Por ejemplo, me niego a continuar un thriller si en los primeros cinco minutos tengo que ver un gran plano rodado desde el aire con un dron de un coche que viaja al lugar de la acción, lo que ha llevado a los algoritmos a recomendarme cosas con el marchamo intelectual. Con ello no he salido ganando. Por lo general, esa recomendación esconde algo confuso, aburrido y de un compromiso pueril. Sí, lo confieso, envidio el adanismo de jóvenes cineastas que van de autor y que nos descubren y nos denuncian que -ah, oh- el mundo es una mierda. Yo también fui joven y estaba en lo mismo, pero no había tantos capitalistas privados y públicos interesados en hacer propaganda, negocio o blanquear dinero en el subgénero del sentirse virtuoso.

Así pues, ante este panorama es un regalo encontrarse con una serie como The Old Man. Voy a hacer un juego de palabras poco común: es una serie sabia. Es el producto de una suma de talentos que ha logrado que sus habilidades, experiencias y conocimientos logren una narración que muestra una visión del mundo y plantea reflexiones cuando ese visionado acaba.

Salida de FX, puede verse en Disney +, que la vende como un drama de espionaje. Está basada en la obra Thomas Perry, un escritor del que nada he leído y, por lo tanto, debo referirme al excepcional trabajo de los guionistas Jonathan E. Steinberg y Robert Levine sin saber cuánto deben al original. Pero pocas veces he constatado una distancia tan grande y para bien entre la promoción y el resultado. Bajo el reclamo de un relato de espías protagonizado por Jeff Bridges, The Old Man deja un poso muy similar a leer al gran lingüista y politólogo Noam Chomsky, pero en una experiencia más entretenida, sensata y emotiva gracias a que es una narración con personajes complejos. Por otro lado, explora la naturaleza y origen del lenguaje y de su manipulación y concuerda de base con la lúcida visión crítica de Chomsky contra la mafia del complejo militar industrial norteamericano. Pero, qué alivio, deja de lado su verborrea anarquista.

Algunos de mis compatriotas pregonan con orgullo que con sólo once años, Chomsky leía sobre y a los anarquistas españoles y de ahí su vocación en ese sentido. Pues bien, si es así, el fallo de raíz consiste en sustituir a los piratas por los anarquistas españoles al amor de la lumbre de un culto y cómodo hogar norteamericano. No estaría de más que los incondicionales del Chomsky libertario se preguntaran el porqué el respetado anarquista español Cipriano Mera acabó sus días viviendo humilde y rodeado de obreros y el yanqui siempre en primera línea de pancarta vende sus libros a porrillo en Amazon y figura en la lista de visitantes de la Isla de Epstein. De más está decir a quién de los dos hago más caso cuando de anarquismo se trata. Pero he de reconocer que el verdadero villano de la serie The Old Man, Morgan Bote, es uno de esos asquerosos corruptores de gobiernos a los que Chomsky ha retratado y desacreditado durante toda su vida.

Hagamos una cata y vayamos a la mitad del episodio segundo de los siete que componen The Old Man. Dan Chase, un septuagenario viudo, necesita convencer a Zoe Macdonald, una mujer madura y divorciada con ciertos apuros económicos, de que le permita permanecer en una casa adjunta puesta en alquiler. El problema es que Chase siempre va acompañado de dos perros de aspecto fiero, lo que no es del agrado de la casera. Aunque el hombre parece aceptar el rechazo, con excusas se cuela en la cocina de Zoe y comienza a prepararle la comida. Allí le cuenta la historia de un hombre anciano que nunca hablaba. No porque no pudiera, sino porque había llegado a la conclusión de que la palabra es enemiga de la verdad, que en su propia naturaleza conlleva la mentira. Ese hombre vivía en su jardín, pero no era un ermitaño. Se relacionaba con los demás, por ejemplo, preparando platos en los que trasmitía su amor, su aversión o, incluso, su indiferencia. Zoe escucha la historia, prueba la comida, mira con nuevos ojos a Chase y acepta que se quede con la condición de que cocine algún día a la semana.

En realidad, Chase es un ex agente de la CIA que traicionó a su país en Afganistán, en donde fue conocido por su astucia y crueldad, y se esconde desde hace tres décadas. Ha cocinado con aparente soltura y contado esa fábula disimulando su desesperación por encontrar otro escondrijo y soportando unos terribles dolores tras un brutal enfrentamiento con matones del gobierno. Estos le buscan no por su lejana traición -que trae al pairo a las nuevas generaciones de agentes- sino porque un oligarca afgano reclama venganza y Bote, el antiguo jefe de Chase, ha dado el visto bueno al secuestro. Sinceramente, no creo que se pueda condensar en menos minutos cómo el imperio policial de la democracia pasa a ser un simple mercenario y la manipulación intrínseca de la palabra como un arma más a su disposición.

Pero al cinéfilo que no comparta mis opiniones políticas le pido por favor que no rechace la serie por ello. Si gusta de lo bien hecho encontrará razones más que suficientes para su disfrute. Jeff Bridges y John Lithgow (como Harold Harper, el antiguo amigo y ahora cazador de Chase) se encuentran en ese momento en que un actor ya no se preocupa de dar verosimilitud a un personaje, sino que a través de un personaje interpreta la verdad. Y son la cabeza de un reparto dirigido tan perfectamente que quienes encarnan a Chase y Harper en su juventud lo hacen mejor que los mismos Bridges y Lithgow cuando tenían esa edad. La dirección, a fuerza de buena artesanía, llega al arte y los dos episodios de Jon Watts (sí, el del Spiderman de Tom Holland) desvelan que es capaz de lograr una tensión sobrecogedora sin ningún artificio. Sobre todo, está es una firme producción (superó el corte del covid y la complicación de una grave enfermedad de Bridges) que alterna violencia y diálogo sin concesiones, que escapa de las exigencias de lo que entienden por originalidad los directivos clónicos de plataformas clónicas y se retrotrae a la tragedia clásica para traerla al siglo XXI. El héroe ya no se enfrenta y es derrotado por el capricho de dioses pervertidos y caprichosos. Ahora, esos dioses son otros hombres y aún más peligrosos: no aceptan su condición mortal y gustan de mandar a otros por delante de ellos.

Apunto una mala noticia. Según tengo entendido habrá una segunda temporada. Temo que en ella jodan lo que debería haber sido una miniserie ejemplar deshaciendo lo logrado para un final más o menos feliz. Pero, de ser así, ¿no sería todavía más un buen motivo para reflexionar sobre la naturaleza de la verdad, su apariencia y su manipulación?

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