Este fin de semana ha sido excepcional para mi hija de 13 años. Ha ido en dos ocasiones al cine para ver, cantar, bailar y socializar con el film Taylor Swift: The Eras Tour. He leído comentarios de todo tipo, algunos notables, banales los más -en ocasiones disimulando un tufillo de desprecio y sorna- sobre lo ocurrido con este estreno y la reacción del público, menores de edad en su mayoría.
No puedo opinar sobre la película que no he visto, ni viene a cuento, aunque por los trabajos audiovisuales con la firma Swift que sí conozco, doy por supuesto que no será cualquier cosa. Opino pasados los filtros de padre y aficionado a la música y en verdad no tengo nada que objetar. Mientras Estados Unidos ostente la potencia preponderante cultural, tanto por su número de creadores como por su capacidad comercial, es inevitable que alguien de allí cale desde la música y el escenario en casi todo el mundo. Que sea una fuerza benéfica es más difícil. Me alegro en que, en el caso de mi hija, esa influencia venda de Taylor Swift por varias razones. Por su habilidad para unificar autoría y gran espectáculo, de penetrar con sus letras en la intimidad colectiva sin sermones ni halagos, sus indagaciones musicales con otros artistas por su calidad y no por su número de ventas, todo ello aderezado con un buen sentido de la autoparodia, holgura para sublimar la melancolía y la acidez sin dramas. También por la capacidad interdisciplinar para aportar en las artes escénicas y visuales y, lo más importante, tener los pies en el suelo para dirigirse a sí misma en un negocio tan cruel y lleno de parásitos.
Creo, si a eso vamos, que todo ello resulta una buena influencia para todas las edades. El de alguien que se encauza y sobrepasa, PORQUE LO NECESITA PARA SER ELLA MISMA, a modelos anteriores como siempre se ha hecho: con aprendizaje, creatividad, inteligencia, sentimiento (no sentimentalismo), trabajo y responsabilidad. Y encima, le corresponde el éxito. Tal vez, (no hay que subestimar) gran parte de ese público muy joven que la sigue no una todos esos puntos, pero siempre quedará el poso temprano de la importancia de los artistas en la vida común. Ese, como el de otras que a Taylor Swift precedieron, ya es su legado.

