En una división un poco a bulto, pero que vale al caso, podemos decir que hay películas que se dan importancia y no la tienen, y otras que también se la dan y en verdad la tienen. Las que me conmueven son aquellas que pasan de puntillas con una enorme carga sobre sus hombros. Establecidos esos criterios, ‘Maigret et la jeune morte’ me puso al borde de las lágrimas porque el policía creado por Simenon necesitaba un monumento a su medida y aquí está. Ni más grande, ni más pequeño. En la plenitud de su limitación.
¿Qué es lo que hay? Un Gérard Depardieu completamente alejado de los histrionismos que gustó o le obligaron a hacer en otros tiempos, lo que equivale a uno de los mejores actores del mundo que, a su edad, ES Maigret… Tiene al director Patrice Leconte, uno de los pocos con una mirada propia, y no solo con habilidad para componer un encuadre, eso sí, con el auxilio del fotógrafo Yves Angelo. Y, por último, Leconte y Jerome Torne escriben algo más que una adaptación y unos diálogos basados en una novela concreta. Escriben con envidiable inteligencia emocional algo que podría encontrarse en cualquiera de las novelas bajo el título de Maigret.
Un nombre al que con esta modesta película de 84 minutos le concede una importancia creciente. Sí, no llega a hora y media. Las novelas de Simenon dedicadas a Maigret no pasaban de ciento y pico páginas porque el autor estaba convencido de que si no sabes lo que vas contar desde la primera página, no lo vas a encontrar en la 301. Además, como su propio personaje, él hubiera querido ser o hacer otra cosa pero había que comer. ¿Eso quiere decir que no se pueden decir cosas importantes? Y una mierda. Este último pantallazo de Maigret es el mayor contragolpe lírico que se pueda concebir cuando aún no se han apagado los rescoldos de las revueltas de París. Laconte y Depardieu se marcan una película extemporánea (que no rodada de manera clásica, queridos críticos) donde el héroe es tan sólo un honrado y viejo policía que hubiera querido ser médico. Debe investigar la muerte de una joven venida de provincias al fulgor de la oscura ciudad de la luz y tratada como un mosquito. [Ah, la emocionante secuencia en la que el comisario y su esposa son los únicos asistentes al entierro de la joven para luego ir a ver la tumba de su propia hija, sin que ni siquiera salga la lápida, sino la espalda de la añosa pareja que va a buscarla. Y es que hay directores y directores]. Además, Maigret debe salvar de la perdición a otra joven sin enarbolar un arma: la violencia siempre está latente y no hay que provocarla, pues nos debemos más a ser justos con los vivos y no a la venganza de los muertos. Maigret y su humana convicción, tras millones de seres perdidos en dos guerras mundiales, de que su modesto oficio es entender, poner orden y cuidar lo que de la humanidad queda.
No les desvelo el sencillo y estremecedor final de la película. Pero sí mi principio con Simenon: el primer libro que vi de Maigret en casa estaba en la mesilla de mi madre, una mujer que podía haber sido escritora, pero a la que Guerra Civil hizo una tendera cuya más preciada mercancía fue saber escuchar y ayudar. El segundo fue de mi hermano, que nunca se postró al papel bovino que le destinaba la posguerra y su terrorífica sociedad que ahora falsean en plan ‘Cuéntame’. Y ahora me he vuelto a encontrar en la pantalla con ese volumen de fondo complejo y lectura fácil que es la cortesía de los príncipes de la narrativa en papel y en fotograma.
Quiero creer que actor y director leyeron a Simenon movidos por la misma necesidad que tenía mi madre, mi hermano y yo mismo. Si eso cundiera… Pero para qué hacerse ilusiones. Yo soy el más débil de todo ese reparto. Me sentaré, cansado, como el viejo Maigret, a ver una película que no está de moda y cuando llore o sonría en mi interior, ya será otro misterio más que deberé resolver. Con eso está bien.

