Una caja como de zapatos. O, de ese mismo tamaño, e incluso más pequeño, una caja de madera, con cuatro monedas de poco valor como ruedas y un cordel para tirar. Un día era una diligencia, al día siguiente iba repleta de cascos azules (por entonces mis héroes) además de alimentos y medicinas para la guerra o la hambruna que salía en el informativo ese día. Incluso podía servir como furgoneta auxiliar para ayudar a mi padre a cargar cosas en la tienda de ultramarinos o, incluso, a la sombra, poner un puesto de helados. Aunque reconozco que El Miguel, la mayoría del tiempo era un veloz coche de bomberos.
Alguien me dijo una día que era demasiado mayor para jugar con eso. Que parecía pobre.
Lástima, esa pequeña caja contenía felicidad. Y cuando mis hijos han jugado alguna vez con cajas, las pintaban y demás.
Por supuesto, nunca se las he tirado. Son Miguel de segunda generación.

Una respuesta a “El juguete Miguel”
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