Apuntes sobre lo que llevo en la maleta

Miguel Ángel Vergaz

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Padre, hija y el espíritu de Taylor Swift

Escribo estas líneas a unas horas del advenimiento de Taylor Swift a España. Mi hija ya ha recogido su taller de pulseras en el salón, ha dibujado un pantalón y prepara el equipaje para asistir al concierto. Espero que cuando vuelva del ansiado evento sigamos hablando de Taylor. Gracias a ella hemos podido conversar de música, poesía, escena, audiovisuales, así como del mundillo que rodea a las personas de talento, desde los críticos a los empresarios. Como extra, le ha supuesto un incentivo para la lectura y el acercamiento al inglés. No es poca cosa la que agradecer a la de Pennsylvania, dado que entre padre e hija hay 45 años de diferencia. Esto es, que mi bebé aún quiere hablar con su Papisaurio (así quedé retratado en una camiseta que me regaló) con pasión. Es más, nuestras conversaciones han sido más fluidas e interesantes con la última producción de Swift, que también resulta mi álbum preferido de la autora: The tortured poets departament. Hemos entrado, por ejemplo, en la diferencia entre lo literal y lo literario, de cómo la experiencia individual se mezcla con la imaginación y así se comunica con una experiencia universal etc…

Como es obvio, mi hija está expuesta emocionalmente a las injustas críticas y disparatados elogios que ha recibido la más alta figura del espectáculo hoy en día. Tampoco esto es malo. Ella aún no dispone de suficientes filtros ante la opinión de los demás, pero eso conjuga bastante bien con que yo, con seis décadas, me haya desecho a lo largo de los años de buena parte de esos mismos filtros. Ya no obedezco a las medidas convencionales de éxito para interesarme por un artista, incluso en un caso tan llamativo como este. En realidad, me da igual. Entiéndanme, cuando yo vine al mundo todos los Rolling y todos los Beatles estaban vivos… 

Pero, en fin, mi hija no puede ni quiere evitar pasarme artículos donde se dice que The Poets… solo tortura a quien lo escucha, en contraposición a otros que hablan de su alta literatura; de los que afirman que Taylor es un producto o los que, por contra, defienden que es un ser sobrehumano. Le aclaro que parte del monumental negocio en torno a Swift son las opiniones en contra o a favor de ese tono que solo buscan el like para el ego o/y el bolsillo de quienes las escriben. 

Mi respuesta más simple, siendo como soy de barrio, es ésta: Taylor Swift ha grabado este disco porque puede y se le ha puesto en… Las botas. Y si alguien no se emociona con canciones como Fortnight o Loml, que le den. Como todo el poemario -pues así quiere verlo la autora y yo se lo compro- son perfectos retratos del desamor que carcome una generación abatida por fragmentos, instantes desposeídos de romanticismo y clasicismo, arrastrados por una corriente de estímulos donde no hay reflexión ni sentimientos hondos. Ahora, la melancolía y la tristeza son cuestiones a negociar en el campo de la salud mental ya que, como todos los infames ingenieros sociales del siglo XXI han decretado, el amor no existe más allá de un juego de roles, ni siquiera el amor propio. Y Swift se resiste a esta absurda y dañina teoría. Y estoy de acuerdo con ella. Por supuesto, no es que esto no lo hayan retratado otros artistas, pero ninguno de la popularidad mundial que Taylor goza hoy en día. ¿La literatura ha tenido que ver en su éxito? Pues claro. Pero yo ya paso de si es alta, baja o intermedia. O un autor me interesa o no me interesa, y lo que escribe Taylor Swift me interesa. 

También explico a mi hija que, en efecto, este último disco -o mejor, la versión íntegra de Spotify- es el que más me agrada de Taylor, no sólo por sus letras, sino porque ha optado por poner la palabra en primer lugar y ha jugado a una interesantísima intersección sonora con sus mentores de trayectorias un tanto opuestas como son el osado Jack Antonoff y el introvertido Aaron Dessner. No afirmo que sea su mejor disco -posiblemente lo sea «Red»-, sino el que más me toca de cerca. De cuestionarse a uno mismo primero nace la verdadera crítica, que no es una sentencia, sino una indagación.

Aún más, intenté llegar a la cuestión esencial mediante un ejemplo para el que me ayudó el libro que leía ayer. Hace medio siglo un humilde empleado de una oficina de estadística en la Alemania de la posguerra llamado Heinrich Böll se presentó por quinta vez ante un editor con unos relatos. Harto de su insistencia, el editor le preguntó si a pesar de sus negativas él iba seguir escribiendo, y Böll le contestó de manera afirmativa. El editor incidió: “¿Por qué?”. Böll respondió: “No me queda otra alternativa”. La respuesta era tan contundente que el editor se puso a leer dos de los relatos. La confusión fue en aumento. Uno le gustó mucho y otro le resultaba odioso y ambos habían salido de la misma pluma. “Explíquese, oiga”, le exigió a Böll. Por supuesto, no hay explicación. Ah, por cierto, Böll concluía la evocación de aquel encuentro con las siguientes palabras: “No es haciendo algo mal como uno deja de ser artista; uno deja de serlo cuando comienza a temer los riesgos”. Ya sé que esto es más fácil de digerir si se dice de un escritor fallecido e injustamente casi olvidado, que si lo demuestra una muchacha que fue rechazada en el género country y devino en una adulta simpática, compositora que ha tenido la suerte, cabeza y tesón para hacerse con un triunfo sin precedentes, trastocando el mundo. Pero el espíritu es el mismo. Sí, hablo del impredecible espíritu de un artista. Según veo, muchos, demasiados, parecen haberlo olvidado. No quiero a mis hijos entre ellos.


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