Apuntes sobre lo que llevo en la maleta

Miguel Ángel Vergaz

61

Por la mañana, mi madre me felicitó a cada paso sosteniéndome bajo la tierra que la sepulta.

Con tanta fuerza que retumbaron en mi cabeza las palabras de bendición de mi padre un día en que apartó su senilidad, me reconoció y me bendijo.

Mi suegra, y doctora, me felicitó en el hospital y me regaló un ‘no tienes cáncer’ a pesar de ser fumador.

Mi móvil cribó entre más de mil contactos a las personas que se acuerdan de mí, por lo que mayormente el teléfono ha estado en bendito silencio.

Aunque no soy bueno, he dormido la siesta de los justos.

Por la tarde, mi hermano, al que vi unirse con el cielo en su incineración, me ha mandado una hermosa tormenta de truenos, rayos y granizo. Siempre fue su peculiar manera de decirme que me quería. 

Mi sobrina, también médico, ha tenido el valor de abrirse el corazón a sí misma para felicitarme aunque yo tenga la voz de su padre y, en cierta manera, soy lo más parecido a su presencia en la tierra.

Mi hija ha llamado desde Dublín mientras me daban un disco de su parte – que, por supuesto, sabía que es mi disco favorito en este momento- y me agradecía que la hubiera llevado al cine a ver Interestelar, donde se demuestra que el amor es una dimensión a la que no afecta la distancia.

Mi hijo me ha hecho un libro de fotos del que, sencillamente, no me separaré nunca.

Mi esposa me ha repetido en un promedio de media hora que me quiere, sin que en ninguna de las ocasiones yo haya sabido el porqué.

Ah, se me olvidaba. Mi profesora de música me felicitó anticipadamente ayer y me dijo que no hacía falta que afinara el piano. 

Estaba viejo y desafinado pero, de manera inexplicable, equilibrado. 

Creo que voy a tocar algo antes de que caiga la noche.

11 respuestas a “61”

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